
¿Qué es eso de la positividad tóxica? ¿Le hemos dado la vuelta al calcetín con eso de la positividad extrema?
Hace ya algunas décadas, el psicólogo Martin Seligman introdujo la llamada psicología positiva, una corriente que buscaba desviar el foco tradicional sobre lo patológico de las personas hacia aquello que nos hace felices y resilientes.
De acuerdo con su planteamiento, Seligman siempre ha defendido que las personas pueden transformar sus pensamientos hacia un tono más positivo, lo que puede resultar de gran ayuda a la hora de afrontar la adversidad.
Si bien este enfoque orientado a las fortalezas de las personas es muy interesante, ha sido objeto de bastante tergiversación. Podríamos decir que la psicología positiva se ha vuelto tóxica para la salud mental de la gente debido a una interpretación inadecuada de su mensaje.
Todos hemos podido decir y oír mensajes desde esta positividad distorsionada. Algunos ejemplos clásicos pueden ser:
o ¡Sé positivo!
o Atraes lo que piensas, así que deja de pensar en negativo
o Si lloras o te enfadas no vas a resolver nada
o Busca el lado positivo a esta situación
o Hay personas peor que tú, vive la vida
Este tipo de mensajes son bienintencionados, pero pueden afectar negativamente al estado emocional de las personas. Añadido al sufrimiento del que parten, se suma la culpa por no lograr adoptar esa actitud positiva que se supone que deberían tener.
Este tipo de positividad tóxica se hace aún más habitual cuando vivimos situaciones dolorosas.
Como sociedad no hemos sido educados para manejar y tolerar las emociones difíciles propias y ajenas, lo que puede despertar la tentación de apartar el dolor y difundir mensajes de optimismo excesivo.
Aunque es evidente que todas estas palabras tienen una intención positiva, es fundamental que revisemos nuestra manera de lidiar con el dolor de los demás.
La buena intención no siempre es suficiente, y es que las personas necesitan más que nunca sentir que tienen derecho a sentir rabia y tristeza, a ser vulnerables y sentirse abatidas ante este golpe de la vida.
Es importante desmentir la creencia de que conectar con el dolor significa rendirse. De hecho, quienes se dan el permiso de transitar su dolor con naturalidad y atraviesan el duelo por sus pérdidas sin vetarse, suelen ser más capaces de pensar y actuar para buscar soluciones que les ayuden a salir adelante.
Añadido todo lo anterior, un aspecto muy importante que también debemos recordar es que es posible introducir la psicología positiva desde el realismo y la sensibilidad sin caer en mensajes vacíos o invalidantes.
Varios ejemplos de este postulado son:
o En lugar de forzar a las personas a “pensar en positivo” o “sacar un aprendizaje”, limítate a empatizar con su dolor: “Imagino que lo que estás viviendo ahora mismo es muy difícil y entiendo que te haga sentir profundamente triste”.
o Ayúdale a poner nombre a lo que siente. Permítele sentir enfado o tristeza sin vetar esa emoción ni pedirle que no se ponga así.
o No des lecciones de ningún tipo, especialmente si no has resultado afectado por la catástrofe. No puedes saber con seguridad cómo se sienten estas personas, así que procura acompañar desde la humildad y el respeto.
o No rellenes el silencio. No es necesario tener una respuesta perfecta para todo. Respetar los silencios y limitarnos a dar un abrazo o cualquier otro gesto de cariño a veces es la mejor forma de brindar consuelo.
Todo esto no implica que en estados más avanzados del proceso podamos acompañar a la persona afectada con mensajes constructivos y afectivos y, sobre todo, de apoyo sincero y cercano.
¿Y qué está ocurriendo con los jóvenes y las redes sociales sobre este aspecto?
No es ninguna sorpresa que las redes sociales magnifican cualquier tendencia social por su simple efecto multiplicador y la positividad tóxica no es una excepción.
Una de las últimas tendencias en ciertos canales es la denominada Delulu, un nombre que viene a dar la vuelta al término anglosajón delusional (“delirante” en español) y que plantea que cualquier persona puede lograr lo que desea con solo tener fe en uno mismo.
¿Pero qué es exactamente la filosofía Delulu?
Plantea una forma de positividad o de pensamiento positivo extremo llevado a lo ilusorio o naíf, hasta los términos más excesivos de evasión. Es decir, es una positividad que no se plantea tanto en términos de poder llegar a conseguir algo, sino de recrearse en la ilusión de conseguirlo.
Es llevar al extremo ese pensamiento positivo y buena parte de su interés radica en que de alguna manera los jóvenes diciendo que ese pensamiento positivo les sirve para recrearse en algo imaginario que no confían llegar a ver realizado.
Es decir, verlo como una voz de alarma o como la última escapatoria que les va quedando para evadirse por completo e intentar salir de la realidad que les abruma en cuanto a su situación laboral, a la posibilidad de emanciparse, de tener una vivienda o unas mínimas comodidades y, sobre todo, de tener una cierta esperanza o confianza en el futuro.
Si ellos piensan simplemente en evadirse o en que una vida fantasiosa e imaginaria es igual de válida que una vida real, es como desaparecer de la realidad.
Todo esto ocurre en un contexto en el cual también se han vuelto a poner de moda filosofías helenísticas como el estoicismo (cultivar la virtud, la razón y la atención plena a través de nuestra voluntad y disciplina), el epicureísmo (buscar los placeres espirituales y la ausencia de los temores para poder disfrutar de la vida) y el cinismo (la felicidad y la liberación del sufrimiento en una era de incertidumbre).
Todas estas corrientes de alguna manera vienen a representar lo mismo y tienen como fin último lo que se denomina ataraxia, es decir, la capacidad de imperturbabilidad.
Aceptar la tristeza no nos hace más débiles. Nos hace humanos.
Quizá ahí está la verdadera revolución: dejar de fingir sonrisas para empezar a sostenernos con verdad. Aprender que un “no estoy bien” puede ser el primer paso hacia estarlo. Que el optimismo sin raíces no cura, pero la esperanza acompañada sí transforma.
Porque la auténtica psicología positiva no consiste en negar el dolor, sino en mirarlo con respeto y seguir adelante con él. En reconocer que llorar también es una forma de avanzar.
¿Y si el verdadero equilibrio no fuera huir del sufrimiento, sino aprender a escucharlo?
¿Y si la serenidad —esa vieja ataraxia de los filósofos— se encontrara justo ahí, donde la realidad duele, pero ya no asusta?
Quizá el futuro no sea ser delulu, sino ser reales… y, aun así, seguir creyendo que lo mejor está por venir.
Y tú ¿qué opinas?

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